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viernes, 14 de julio de 2017

Silencio del Norte


 A (casi) todo el mundo le gusta el mar, sobre todo si está de vacaciones. Yo siempre he sido de montaña, y lo sigo siendo, pero el mar del norte me atrae, no lo puedo evitar. Y francamente, teniendo allí las dos cosas, pienso que no se puede estar mejor.
Por eso, sin ser un adicto a la fina arena ni a los chiringuitos playeros, me conformo con poco (que siendo del norte, es mucho) Las calas perdidas, que son las mejores, ofrecen el silencio que el gentío enmascara, y solo el murmullo de las olas llega hasta ti. Olor a mar, luz intensa y suave brisa que salpica: El Paraíso.
Escapar de la gran ciudad es algo necesario, aunque sea por unos días. Desconectar ese tiempo y olvidarse de todo debería estar obligado por ley. Y aunque el calor sofocante nos persiga, nadie puede negar que se lleva de otra manera en mitad de estos lugares.
Llegar hasta aquí no es nada del otro mundo; solo se trata de querer. La vida se llena de pequeños instantes, leves momentos que nos conducen al bienestar. Por eso, disfruta de las pequeñas cosas, porque quizá un día mires atrás, y descubras que aquellas pequeñas cosas eran las más grandes.

sábado, 8 de julio de 2017

En el Norte




No me importa decir (de hecho, lo reconozco) que, a pesar de ser madrileño, y tirarme lo mío, tengo predilección por el norte. El calor que sufrimos en el centro del mapa es, como poco, insufrible. Y aunque hay quien sostiene que el húmedo sofoco de las costas se lleva peor, yo lo prefiero. Por eso, cuando escapo hacia el norte, lo primero que hago es disfrutar del aire, de sus vistas y sus vientos, de las olas y, cómo no, de su gastronomía. Este es un tema importante, ya que el ser humano se mantiene gracias a lo que ingiere, y el despliegue que se encuentra en estos lares es, como mínimo, de película.

No puedo dejar de lado el (no tan) pequeño detalle de las noches, cuando uno se abriga con manta, por ligera que sea, y se agradece. Eso de dar vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño por culpa de los calores, no tiene cabida, generalmente, en el norte. Dormirse cerca del mar, con la música de las olas y el viento fresco que azota, no tiene precio. Cuando nace la luz del día, ella nos acompaña, y el agua que mece los barcos abrillanta los caminos. Y atardeceres dorados que prenden miles de estrellas, nos cuentan que no hay noche sin magia… en el norte.

Coco