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domingo, 3 de marzo de 2024

Por nosotros. Por nuestros hijos.


 

El mundo ha cambiado, es tan inevitable como indiscutible, por mucho que nos cueste asumirlo, aunque no siempre estaremos conformes con algunas transformaciones. Todo evoluciona, sin embargo, no significa que esa transformación sea para bien. Podemos no coincidir con nuestro entorno, enfrentándonos a nuestra familia, a nuestros amigos, a nosotros mismos, tanto si la razón nos acompaña como si erramos en nuestro juicio. Y esto es lo que sufre nuestro mundo, nuestro planeta, por sí mismo o ayudado por el ser humano. La tierra ha pasado ya por, al menos, cinco extinciones, saliendo finalmente airosa, por fortuna, de todas y cada una de ellas, independientemente del grado de devastación.

Hoy en día, asistimos a numerosos cambios, a todos los niveles. En lo social, en lo político, en lo geográfico, etc., sufrimos reajustes que no son del agrado de la mayoría, ni mucho menos. Es muy complicado que el conjunto absoluto de la sociedad coincida en todo, porque cada persona tiene un concepto de la vida que circunda a sus propios intereses, y esto suele chocar frontalmente con la conveniencia del resto.

A nivel global creíamos haber pasado página, suponiendo que el hacha de la guerra estaría bien enterrada. Pero hay chispas que nacen incluso de cualquier estupidez, y son capaces de prender un fuego que haga arder cualquier cimiento. El mundo vuelve a los tiempos que con tanto horror desmembró naciones, y asistimos a lo que, muy probablemente, vuelva a causar un daño sobrecogedor sobre todo lo que tanto trabajo nos costó levantar desde entonces.

Si finalmente hemos de volver a padecer un enfrentamiento mundial, tratando de sobrevivir bajo un inmenso castigo nuclear, nuestro planeta sufrirá, pero llegará un día en que todo rebrotará. Sin embargo, las vidas humanas caídas serán incontables, y aquellos que consigan resistir, se arrastrarán entre los escombros de la hecatombe.

Me gustaría decir que todo depende de nosotros, pero no es cierto. Los pueblos tenemos una venda sobre los ojos que nos impide ver más allá de ese horizonte que nos plantan justo delante. Son las élites quienes deciden por todos, quienes dan los pasos que nos hunden y quienes consiguen, en muchas ocasiones, salir indemnes, mientras los demás desaparecemos. Y no hay derecho.

Todas y cada una de las personas que poblamos todavía este planeta, deberíamos alzarnos de una vez y plantar cara a esa “selección superior” que nos empuja al vacío.

Por nosotros. Por nuestros hijos.

 


domingo, 6 de noviembre de 2022

El fin de la humanidad



 

Esa soledad buscada que a no pocos nos entusiasma, se podría convertir en una constante sensación de aislamiento, dadas las circunstancias que nos rodean. Si una guerra global estallase, en el mejor de los casos, el indeterminado número de supervivientes, quizá esparcidos por la geografía, caminaría sin rumbo, en busca de alguna esperanza a la que poder aferrarse. La sinrazón campa a sus anchas entre los poderosos, que usan sus redes de dominio para empujarnos a todos hacia el absoluto desastre. Pero no es cuestión de saber si sucederá, sino en qué momento reventará todo, porque llegará el día en que el cielo se cubra de rojo y una intensa luz abrase cualquier atisbo de vida.


jueves, 10 de agosto de 2017

Que no prendan la mecha.


En 1962 se vivieron tensos momentos. La crisis de los misiles en Cuba se convirtió en el conflicto más peligroso que dibujaba un panorama aterrador. El descubrimiento norteamericano sobre las bases de misiles nucleares de alcance medio soviéticos, en territorio cubano, estuvo a punto de desencadenar un enfrentamiento nuclear. Desde entonces, no se ha sentido un desafío tan hostil, en estos términos, hasta ahora. Estados Unidos y Corea del Norte no pueden presumir de estar encabezados por dos almas de la caridad. Muy al contrario, el ego, la huella de poder y dominio, y esa prepotencia tan arraigada en algunos líderes, nos pueden llevar a un caos sin precedentes.
Dicen que “perro que ladra no muerde”. Pero si estos perros de la guerra se equivocan y deciden dentellear, la herida no se cerrará. La hecatombe nacida por pulsar unos botones sería de tal magnitud, que la devastación cubriría el mundo. Y eso no lo quiere nadie, ni siquiera quien amenaza de un lado o de otro. Las bravuconadas no suelen tener largo recorrido, en circunstancias normales, hasta que los cables se cruzan y se tira por la calle de en medio. Lo malo es que cada uno de los bandos está bajo el yugo de un pendenciero, que ni calla ni se achanta. Las amenazas son respondidas con desafíos que aumentan cada día, y uno se pregunta: ¿Hasta dónde van a llegar unos y otros? Si, por un lado, el presidente norteamericano, Donald Trump, no consuma sus advertencias, quedará en evidencia ante un mundo que, eso sí, agradecerá su incumplimiento. Lo nefasto del asunto es que este hombre no debe llevar nada bien quedar en ridículo y con los pantalones bajados, por lo que, en un momento de ira e indignación absoluta, es posible que sus palabras se pongan firmes. Por otro, el mandatario coreano que vive en su burbuja, creyéndose al margen de todo, tirando de una cuerda demasiado deshilachada. Y puede que se rompa.
No quiero ni pensar que amanezcamos con una guerra global. Si ya nos está costando salir adelante con nuestras cosas de andar por casa, la puntilla sería, sin duda, una debacle de estas características.

Coco