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lunes, 4 de diciembre de 2023

Navidad en el centro de Madrid





 

El hervidero en el que se convierte Madrid cuando llega la Navidad, asombra. Calles como la de Preciados se convierten en las más transitadas, casi invadidas, por todas aquellas personas que se echan al paseo, envueltas en ropajes que aíslen del frío madrileño. La zona del centro se convierte en un tortuoso territorio del que, a veces, no resulta nada sencillo escapar. Y cuando uno es consciente de la aventura a la que se enfrenta, más le vale tener una buenas dosis de paciencia, pues ni siquiera las prisas caben entre tanta muchedumbre.


viernes, 30 de junio de 2017

Madrid



Para los que somos de Madrid, sentimos un orgullo por pertenecer a esta gran ciudad. Bien es cierto que, si algo nos falta, es una buena playa donde poder disfrutar al sol, en días luminosos, o pasear por la orilla cuando caen las pálidas tardes. Pero no, de eso no tenemos aquí. De hecho, nos habría venido genial algo de mar, para limpiar nuestras harturas por tanto jaleo de coches, con sus ruidos y sus humos, siempre malos y molestos. Aglomeraciones a porrillo se centran en ciertos núcleos, como suele pasar en las grandes urbes, y más aún aquí, en la capital, donde el turismo se exhibe como un escaparate andante; es inevitable. Y aunque muy de vez en cuando la cosa se calma un poco, el deseo por escapar a lugares más lejanos, y poder encontrar así el reposo que aquí no se encuentra, es algo tan evidente como necesario, y todo aquel que puede huir, se va. Aun así, siempre llevamos nuestro Madrid en ese rincón del alma que nos recuerda, inexcusablemente, que siempre tira lo de uno, y mucho.

martes, 13 de junio de 2017

Magia de Madrid




Madrid puede llegar a ser una ciudad agobiante, y no solamente en
épocas veraniegas, como ahora. El sol recalienta las calles, el propio
asfalto y cualquier pared que nos sirva, aunque apenas, de parasol.
Pero también es cierto que Madrid tiene magia, y basta que la busques
para que se plante en tus narices hasta dejarte absorto. Menos el mar,
como decía la canción, en Madrid está todo lo que alguien puede desear
de una gran ciudad. Quien quiera jaleo, lo encontrará en el centro...
y más allá. Y quien prefiera la calma, podrá hallarla en los pueblos
que visten las afueras con ese sosiego, a veces tan necesario.
Y es que, con el pasar del tiempo, los años van haciendo mella,
incluso en los gustos y las manías, o llamémoslas costumbres, casi
mejor. Lo que antes atraía, puede que ahora disguste, pero no por ese
motivo se ha de renunciar a un todo. Quien quiera soledad, la
encuentra en un suspiro; quien opte por el barullo, también. Por eso,
parte de esa magia que posee Madrid es esa variedad inmensa, ese
abanico de gustos y colores que sacian necesidades y caprichos.

viernes, 31 de marzo de 2017

Bajo los arcos


Luces y sombras de Madrid


Os voy a contar algo que me sucedió, a pesar de lo que muchos puedan opinar, pues es algo tan cierto como que ahora es de día.
El centro de Madrid es variopinto, y nunca sabes qué podrás encontrarte a la vuelta de la esquina, o en la tienda de comestibles, o entre dos coches, al cruzar hasta la otra acera. Sí, entre dos coches; dos vehículos normales que reposan tranquilos, sin meterse con nadie. Y allí, entre medias, agazapado, reptaba un hombre, arrugado, sin permiso del ayuntamiento. Por mi parte, quise cruzar, mientras buscaba una dirección, atento a lo mío, pero distraído del resto. Y en aquel preciso instante, ni antes ni después, casi hubo una catástrofe de proporciones épicas.
El hombre escondido al que casi no vi, estaba en plena faena, con sus cosas, regodeándose y disfrutando el momento. Doblé el esquinazo del vehículo, rodeándolo con el ritmo habitual, y a punto estuve de meterle un pie en la boca. Él se me quedó mirando con fijeza, lo mismo que hice yo, en un asombro mutuo. El fulano de turno estaba haciendo de vientre en plena calle, sin miramientos, con cara de circunstancias. Le dije, tras el susto, que había un bar enfrente donde bien podía haber entrado para plantar su pino, en lugar de dejarlo en plena calle, abandonado e indefenso. No sé si aquel hombre sabía comunicarse, ya que no mencionó palabra alguna, y mientras tuve que saltar sobre él, para no caerme de bruces, el pollo siguió a lo suyo, apretando, quedándose en una gloria relativa.
En casos de urgencia de esta clase, imagino que el dueño de un bar permite la entrada, incluso sin consumir un triste café.  A cualquiera puede sucederle un episodio de esta envergadura. Pero… ¿montarse la fiesta en plena calle? Otra cosa no habrá en Madrid, pero bares…

Coco