domingo, 27 de septiembre de 2020

Palmira, la gaviota


 

Aquella gaviota, de nombre Palmira,  decidió tomarse un respiro, merecidamente ganado, tras su larga caminata por el borde del malecón. Algo sedienta, a causa de un boquerón ingerido, arrugaba su gaznate. Buscaba algún recipiente con agua fresca donde rebozar el pico, y de paso, atisbar el ambiente para echarse una siesta. Y allí, bajo un sol de justicia, escudriñó cuanto pudo ver, bajo unas palmeras muy apañadas que esperaban, con impaciencia, la visita de la bella palmípeda. Un apropiado sueño ya estaba calculado, bajo las espesuras del oasis, y sería bien aprovechado, hasta el momento de reanudar los altos vuelos, para seguir planeando por las alturas.

Canales pandémicos




En Venecia se ha notado el bajón de turistas, como en cualquier parte donde el Coronavirus se esté paseando a sus anchas. En los canales navegan menos góndolas, y las que flotan, esperan a ser ocupadas por alguien que quiera disfrutar de un paseo. Alguna que otra embarcación de recreo puede verse, y escucharse, con más claridad que de costumbre, pues el silencio se está instaurando hasta más allá del agua, por la falta de movimiento. Las pizzerías no tienen demasiada vida, a pesar del increíble aroma que se escapa de las que aún funcionan, y la escasez, en todas sus formas, planea aviesamente.

Este año 2020 es de lo más repugnante, y todavía queda por sufrir, hasta que la última campanada caiga. Y después, ya veremos, porque esta ristra de calamidades continuará, lo más probable, en 2021. Pero no dejemos que el abatimiento se apodere de nosotros, porque si eso ocurre, iremos en picado.

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

En calma


En calma, el domingo susurra pinceladas de un suave tintero de rocío. La mañana anuncia silencio, y en mitad del camino, unas almas limpias me observan, ajenas al mundo. 

Arriba


 

Y los niños se preguntaron dónde comenzaba todo. Los planetas giraron, las estrellas se encendieron, y el cielo, con su cántico, explotó de júbilo. 

Lobo


 

El lobo cruzó el umbral, y todo cobró un sentido.

Más allá


Más allá de los sueños, en alguna parte entre el deseo y la realidad, existe un hilo de cordura que nos ata al mundo. Queramos o no, nuestros caminos habrán de ser recorridos, hasta que llegue el instante, inequívoco e irremediable, de aguardar en la orilla la llegada del barquero. Vive hoy. No esperes a mañana.
 

Aventura


 

La vida en sí misma es una aventura, intrépida, desbordante, a veces excéntrica, y casi siempre una incógnita. No esperes a mañana para embarcar tus sueños hacia un puerto mejor.

Confesiones a la luna


Cuántas veces habremos hablado a solas con ella, con la luna. Sin mencionar palabra, en silencio, nuestros pensamientos, atrevidos, lanzados con fuerza hacia aquel manto de estrellas, donde el blanco satélite aguarda, en mitad de la oscura noche infinita. Cuántas veces habremos confesado lo que a nadie queremos contar. Pero ella siempre está, aunque lejos de nuestras manos, cerca de nuestras almas.

Miradas


 

Detrás de esa mirada, nada se esconde, pues la inocencia impresa en esos ojos sinceros, ya la quisiéramos tener los humanos. 

jueves, 13 de agosto de 2020

Adiós, Tábata

 


Nunca imaginé que te llegaría a querer tanto. Si tiempo atrás me hubiesen dicho que llenarías con tanta luz mi vida, lo habría interpretado como una exageración. Pero fue todo lo contrario, sin duda, porque detrás tu mirada, de tus discretos pasos, de tus juegos o de aquellos saltos que dabas en tu cama mientras soñabas, había un ser que irradiaba cariño sin igual. Tu compañía, tu respiración al dormirte, tu calor cuando te acurrucabas, tu forma de estirarte al despertar… Pero ya no habrá más mañanas que comiences con tus ojitos abiertos, ni con tus ansias por tu desayuno, ni con tus ganas de jugar, porque tras ese último suspiro, te has marchado. Luchaste como una campeona contra un cáncer, y lo venciste. Batallaste contra los achaques del tiempo, a pesar de sufrir dificultades de visión, arrastrar tu frágil corazón, o soportar los dolores en tus pequeños huesos. Y a pesar del avance del tiempo, peleabas contra él, demostrando tu fortaleza y tus ganas de vivir. Pero a tus más de diecisiete años, tus órganos comenzaron a fallar, y nos dejaste. Tuvimos la suerte de tenerte en nuestras vidas, de acompañarte hasta el último instante, cuando el líquido del sueño sin retorno entró en ti. Allí estábamos, tu familia, acariciando tu cuerpecito hasta que tu interior dejó de latir y se hizo el silencio. Y sin dejar de mirarte, llegó el llanto, que todavía nos acompaña.

Te quiero, Tábata. Y no hablo solo en mi nombre, porque todos los que hemos compartido contigo todos estos años, sufrimos tu ausencia, viéndote en cada rincón, mirando por si estuvieras aún, y recordando tantas cosas que no hay forma de arrancarse este dolor.

Ahora estarás con tu hermano gato Ulises, que habrá salido a buscarte al umbral de tu cielo. Sé feliz allí, y cuida de él, como él hará contigo. Quiero pensar que algún día volveremos a estar juntos, porque, si todo tiene un sentido, esto no puede ser el final. Mientras tanto, agacha la mirada de vez en cuando, y desde arriba verás que seguiremos recordándote como eras, con toda la bondad y la lealtad que un ser tan maravilloso como tú nos ha podido dar.

Has sido un regalo del cielo. Ahora estás en él.

Algún día volveremos a estar juntos, pequeña.

 


miércoles, 15 de julio de 2020

A buen recaudo



Menos mal que la vida ha vuelto, más o menos, a su sitio. Madrid pasó de ser una megalópolis candente, con las calles como un hervidero de personas, a convertirse en un páramo donde el silbido del viento anidaba en cada esquina. Lo malo es que mucha parte del gentío, que, como digo, ya está corriendo la zapatilla, no parece ser consciente de esa distancia social que todos hemos de guardar, por lo que, lógicamente, aquellos que acaban infectados con el COVID-19, lo van esparciendo por muchos lugares. Y así, francamente, no acabaremos nunca.
Dejando a un lado el hecho de que esta pandemia haya nacido en un laboratorio, o el chispazo haya sido por una mutación, lo cierto es que existe, aunque los negacionistas bramen lo contrario. El origen no está del todo claro, pero las muertes mundiales se han producido, algo que es innegable, y con la carrerita que llevamos, encabezada por todos aquellos que no tienen demasiadas luces, estamos todos abocados a la continuación del desastre. En resumen, que tanto si acabamos de nuevo confinados como si no, podemos morir por el virus, o podemos palmarla por hambre, por la escasez de trabajo. Pinta mal.
Otra cosa es que la mascarilla sea o no tan necesaria como dicen (yo, por si acaso, siempre la llevo, portándola constantemente mientras me alejo de todos, porque no está el tema como para fiarse) Y es que la confianza es algo que se ha de ganar, y los científicos que aporta este gobierno son muy poco fiables, por razones más que obvias. La mascarilla es un auténtico tostón en verano, con estos calores infernales, porque resta aire y, en consecuencia, agota. Hay quien entra en estado de ansiedad, lo cual le puede llevar a perder hasta el conocimiento por bajarle la tensión hasta el suelo. Pero tranquilos, porque siempre salen de debajo de las piedras los típicos lumbreras, con sus soluciones “New Age”, diciendo que todo está en la mente, y que aquellos que se desmayan es porque quieren.
En épocas de frío no molesta tanto, pues la mascarilla sirve de parapeto, y protege del gélido invierno que aterriza en la cara, a veces, en forma de ventisca. Pero ahora, en pleno mes de julio, con este calor insoportable, se hace muy cuesta arriba tener que salir con la careta puesta. Pero no queda otra.
No hay más remedio que hidratarse todo lo posible, estar a cubierto, o bajo cualquier sombra. Distanciarse de los demás no es tan complicado, sobre todo de aquellos con un pelaje característico, que solo buscan juerga y se les ve llegar. No me extraña que haya gente que se quiera ir a vivir a un pueblo, con su terreno acotado, su huerto para ir tirando y su aislamiento mágico, tan necesario en estos días. Al final, desastres como el que estamos viviendo, sirven, al menos, para abrir los ojos y darse cuenta de que, cada uno en su casa y Dios en la de todos.

martes, 14 de julio de 2020

Charlas bajo el sol



Con estos calores, a uno le suele apetecer apretarse algo frío, para conseguir recomponer el cuerpo, que se queda en las últimas con tanto sofoco. Pero, a veces, una buena charla bajo el buen refugio de una sombra, también ayuda. Es el caso de Apolonio y Segismundo; dos amigos que se cuentan sus vidas, el uno al otro, aunque ya se las sepan. A falta de un refrigerio, y algo para picar, las agradables conversaciones bajo algo que sirva de sombrilla, siempre son bienvenidas.

domingo, 5 de julio de 2020

El pato en remojo



¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Pero no creo que este pato se llame Vicente, aunque no tenga el gusto de conocerle. Es más, sospecho que se aleja del gentío, y cuando ve la oportunidad, se cuela en la piscina para estar a la fresca, que se agradece. Y allí, en soledad, se acicala el plumaje con su pico, de forma muy apañada. Desconozco si guarda un tiempo entre comidas, por ese pequeño asunto de los cortes de digestión, pero se le ve a sus anchas, nadando en el agua y pensando en sus cosas. Cuando se cansa, eleva el vuelo y desaparece, seguramente para continuar con su extenuante jornada en cualquier otro lugar donde, con la gracia de los patos, seguir reposando su lozano cuerpecillo al escaso biruji del verano.

martes, 30 de junio de 2020

Silencio


Poco se oía, o nada. Si acaso, un lejano susurro, que bien podía ser el viento, que me decía, cálidamente, que alejarse del bullicio reconforta el alma. Y allí, a lo lejos, unas cuantas vacas, a lo suyo, como debe ser, disfrutando de esa tranquilidad que el campo regala.

Fresco veraniego






Si hay algo que buscamos con ansia en estos días de calor es, sin duda alguna, el fresco. Pero no uno cualquiera, sino aquel que nos proporcione bienestar en cada rincón de nuestro ser, y mejor todavía si nos llega en forma líquida. Porque no es racional soportar estas temperaturas sin estar hidratado, ya que el cuerpo tiende a arrugarse, y no es necesario comprar boletos para que nos toque ser una pasa antes de tiempo. Beber es esencial para la vida, y en tiempos así, más. Por eso debemos llevar siempre a cuestas una buena botella de agua, como mínimo, para apaciguar los sofocos que se tornan insoportables con semejante infierno.

sábado, 16 de mayo de 2020

Calma en las calles. Silencio. Se rueda.









Loros, cacatúas y guacamayos, regalaron un festín de colores que resplandecieron en la gran celebración. Celedonia, la bella cacatúa que hacía caer de rodillas a más de un pretendiente, encandiló al loro Filomeno, y como no podía ser de otra manera, rendido se postró ante la extensa policromía repartida en su plumaje. Y como ella tenía un pico de oro, se llevó al huerto al lorito, que no rechistó. 
Unos pájaros de altos vuelos se reunieron allí, entre el calor de las lianas y las más exóticas plantas elegidas para el evento. Un éxito.

Mauricio



Tan ricamente se encontraba Mauricio, sintiendo el sol de primavera, con regio semblante y mente vacía, pues nada más necesitaba que el silencio paseando entre unas hojas, raídas por molestos pulgones, que en grupo se merendaban hasta las ramas caídas de árboles tempranamente pelados. Pero Mauricio, a lo suyo.

viernes, 15 de mayo de 2020

Los sonidos del viento



Callejeando por cualquier lugar de este país confinado, a unas horas en las que todavía se permite hasta el paso menos ligero, la alegría de unos tiempos que casi pertenecen a antaño ni se vislumbran. Es cierto que, de vez en cuando, unos pasos rompen la calma que con eco retumba, y aunque uno se gire para volver a admirar el encanto de la gente en sus paseos, nada tiene que ver con lo que hay ahora. Tremendo aburrimiento, según algunos, aunque yo, sinceramente, agradezco estos días de silencio, donde hasta los sonidos más lejanos se dejan traer por el viento. Ya regresarán los bullicios, supongo.

martes, 28 de abril de 2020

Lo que viene



Miro a través de los cristales, y veo a unos niños corretear, como si jamás lo hubieran hecho antes, y hubiesen descubierto la magia del movimiento hace un cuarto de hora. Euforia al cubo es lo que se aprecia desde este mirador, además de algunos gritos que, en ciertos casos, se hacen imprescindibles para quien los emite. La lejanía que debe mantenerse entre personas obliga, en ciertos momentos, a comunicarse como los antiguos, dejando la calle desnuda entre medias. Desde una acera a la otra, las voces, en ciertas situaciones indescifrables, rompen el sueño de quienes pretendían aprovechar el tiempo en plena siesta. Y es entonces cuando las alteradas víctimas encolerizan.
Pero más allá de estos episodios, vivimos una temporada en blanco y negro, respirando una atmósfera sosegada que rompe nuestra calma cuando empezamos a pensar. Los tiempos que galopan están envueltos en drama, y nadie sabe cuántos acabarán cayendo ante la escasez. Vivimos el goteo del deceso diario, que empaña y oscurece las vidas de quienes quedan. Y el futuro que nos viene no puede ser peor.
Ante un horizonte tan sombrío, deslizamos las cortinas, asomamos la mirada y sonreímos por la alegría de esos niños que pasean su entusiasmo bajo nuestro balcón.

En remojo



La gente lleva lo mejor que puede el asunto del confinamiento. Parece que van a ir levantando el castigo, y se va a poder salir, poco a poco, pero con todas las precauciones. Claro que, siempre habrá quien se salte las normas, y vaya haciendo el cafre.
El tiempo parece que acompaña, aunque en ocasiones caen algunas lluvias que refrescan más de la cuenta el ambiente, y llevar manga corta supone un riesgo. Pero no para todos.
Eutiquio, el rinoceronte de la imagen, no tiene preocupación alguna con las mangas cortas, ni con ninguna otra prenda, por muy bien que le pudiera quedar. Él solo quiere estar en remojo, y hace muy bien. Se pasa las horas muertas en el agua, y cuando se aburre, sale y se queda frito. Ese es su modus operandi.

Como cabras



Las cabras de Villabotija son muy suyas. Nadie puede abrir la boca sin que protesten, aunque no vaya con ellas, y los lugareños ya ni las mentan. Gustan de ir en grupo a los sitios, y la cuarentena no ha servido para frenar los impulsos viajeros de estas bellas damas, a las que, por cierto, les podía haber caído unas cuantas multas por desplazamientos indebidos. No obstante, la suerte que tienen todas ellas es que las sanciones no llegarían a ningún destino, pues no están censadas, además de ir indocumentadas. Y cuando la autoridad ha intentado detenerlas, han puesto el turbo, y nadie puede pillarlas en lo alto de un risco, desde el que se cachondean de todo el mundo.
Estas cabras van por libre, y así, no se puede.

Aquí ni pica nada



Pepe no pesca nada. Su amigo, tampoco. llevan más de dos horas y cuarto sentados al sol, con las cañas ya temblorosas, resbalándose entre sus dedos sudados, pringosos como el membrillo. Los peces brillan por su ausencia, y los chavales han comenzado a cuestionarse si el agua también está en cuarentena por culpa de la pandemia.
Su rincón, el de ambos, que linda con un tramo de agua de mar, no luce transparente, quizá por el revuelo de la vida marina y su estampida. Ni siquiera agudizando la vista se ve nada que se agite, y a pesar de las horas, los dos ingenuos albergan todavía un absurdo optimismo ante lo que más parece un charco inerte.
El cielo se encapota por momentos, y lo que van a pescar esos dos es un catarro de órdago, si se descuidan. Después, llegarán las molestias, la fiebre, y los sustos.
Más vale prevenir.

Los riesgos de ponerse fino



El oso panda, cuyo nombre desconozco, pues peca de reservado, se esconde tras los matojos para ponerse fino. Su menú especial, además de su preferido, es el bambú. No se molesta un ápice en cocinarlo, ni siquiera en adornar su sabor con alguna especia de mercadillo, pues el oso es de gustos sencillos. También puede ser que el pobre sufra de hernia de Hiato, por lo que no tiene más remedio que apretarse los palitos verdes, así, a palo seco, sin guarnición.
La osa que tiene a su vera, a la que tampoco he tratado, escudriña con atención cada movimiento de su igual, por si acaso tiene la suerte de caerle un cacho de planta con la que quitarse cierto amargor. Pero, por ahora, no parece que vaya a pasar, pues el oso tragaldabas calcula muy ben sus bocados sin desperdiciar nada. Además de ahorrador es egoísta, qué duda cabe.
Por tanto, la osa, que de tonta no tiene un solo pelo, se está planteando lanzar su zarpa bajo los matorrales y, reptando como una culebrilla de charca, alcanzar con sus largas uñas alguna zona del congénere que le haga entrar en razón. Puede que un viaje a la comarca genital le haga al otro ser algo más generoso.

Manolito, el primate.



Un confinamiento no es algo apetecible, sobre todo para aquellos que gustan de salir, por ejemplo, a deleitarse con una buena bebida refrescante, acompañada, quizá, de algo para picar. Tampoco lo es para los niños, que se suben por las paredes, igual que hacen los padres, ante el enorme despliegue de gritos y golpes que soporta cualquier casa que los alberga. No es para menos, por tanto, pensar que un encierro obligado por culpa de una pandemia, es mucho más que algo aburrido; es insoportable cuando se dilata en el tiempo.
Hay quien tiene suerte, por poder moverse a sus anchas, si su lugar de residencia es amplio. En cambio, existen sufridores que se han de mover en espacios mucho más escuetos, y algunos sin apenas luz o ventilación. Los de este último apartado son, sin lugar a dudas, unos mártires en potencia.
Pero el caso de Manolito es bien diferente, pues goza de la serenidad que puede respirarse en las afueras, y la holgura que su parcela le otorga. En su arbolito, lugar donde pasa largas horas pensando, se estira, y con la mirada perdida, pero sin escatimar en agudeza, planea nuevas posiciones para relajar su enjuto y peludo cuerpo sobre la desgastada corteza. Sin mirar el reloj, pues no usa, nebuliza los efluvios que el viento le lleva, mientras su estómago está al tanto de lo que falta para darse un buen homenaje.
Manolito es, además de parco en palabras, un tragón. Y hace bien.



lunes, 16 de marzo de 2020

Covid 19



Tanto si el Coronavirus nació en una probeta de laboratorio, como si es resultado de la ingesta de murciélagos en las dietas de los chinos, lo cierto es que la pandemia es un trágico hecho que se está llevando las vidas de muchas personas de este mundo.
La ciencia trata de avanzar en la búsqueda de una solución al desgraciado acontecimiento, que no hace más que aumentar, ya que los contagios siguen disparándose por todos los lugares del planeta y, en gran parte, por culpa de la imprudencia de aquellos (y aquellas) que se saltan a la torera lo que entienden por algo nimio.
Por cierto, que, si hablamos de “infectados”, también debemos expresarlo en femenino, dada la fijación que muchos (y muchas) tienen por colar en todas partes, con la moda del lenguaje inclusivo. Parece que, curiosamente, cuando se trata de algo negativo (como lo es portar una enfermedad) se obvia, como por arte de magia, el famoso lenguaje, y todo pasa a tener un género masculino. Cosas del fanatismo.
Pero volviendo al asunto del Covid-19, sería irracional mirar hacia otra parte, como si el tema no fuera con nosotros, ya que el pronóstico económico, incluso a corto plazo, no puede ser peor. Y no es para menos, debido a las cantidades ingentes de dinero que se están perdiendo, mientras nos encontramos a buen recaudo en nuestras casas (y menos mal), sin poder, en muchos casos, hacer otra cosa que esperar, rodeados de paciencia.
No se puede tener todo. No es posible hacer una tortilla sin romper los huevos, por lo que el esfuerzo (ahora, titánico) que todos debemos poner en práctica, ha de servir para algo; desde la máxima precaución al poner un pie en la calle, para ir a comprar comida, o medicamentos, hasta cuidar de los nuestros bajo el mismo techo para que nadie enferme, todo ello, de manera constante y sin saltarnos el sentido común. De nada sirve hacer las cosas bien dos días, para errar el tercero. Y es que el ser humano necesita comer e hidratarse, por lo que es inviable pretender encierros perennes, y, por tanto, alguien debe adquirir provisiones para poder subsistir. Eso es de cajón.
Pero lo que no tiene sentido es ponerse a dar vueltas por la calle, o tumbarse sobre el césped de un parque a tomar el sol, quizá comprometiendo a los demás, si quien lo hace está infectado (y ya no digamos retirar vallas o negarse a colaborar cuando la policía así lo requiere) porque, además de estar prohibido, las autoridades pueden (y deben) plantar un multazo que deja tiritando al más pintado. Esa es la única manera con la que muchos descerebrados parecen aprender.
Cuando nos encontremos de camino, en busca de alimentos o medicinas, las manos han de estar cubiertas por unos guantes desechables, que nos protegerán de rozar posibles porquerías contaminantes. Y a la hora de quitárnoslos, hacerlo sin tocarnos la piel con la zona expuesta (hay hasta tutoriales en Internet) Después, lavarse las manos a conciencia, y si no tenemos agua ni jabón, limpiarnos con los geles especiales (de los que apenas quedan en las farmacias)
Las mascarillas no han de llevarse en el bolsillo, sino puestas, y descartarlas tras su uso. Todo puede ser infectado, motivo por el cual, es importantísimo no llevarse las manos a la boca, nariz u ojos. Es fundamental tener amplio avituallamiento en las casas, para no estar con la preocupación por si se terminan sin darnos cuenta. Hay que ser previsores.
El gobierno está solicitando, en algunas zonas de España, donaciones de particulares para cubrir la escasez existente en hospitales. Por eso, muchas personas que disponen de mascarillas o guantes, deciden cederlas para que los sanitarios puedan protegerse adecuadamente, dada la considerable carencia de suministros a la que se está llegando. Eso sí, todos esperamos que, si el gran Amancio Ortega decide realizar donativos, no sean repudiados, como sucedió anteriormente con las donaciones de equipos de diagnóstico para el tratamiento contra el cáncer para la sanidad pública. Esas cosas solo suceden cuando los que critican están llenos de veneno y no tienen demasiadas luces.
Dicho esto, ojalá que pronto comience a aminorar esta pesadilla, y vaya desapareciendo sin dejar más rastro que las fatales pérdidas producidas. Todos esperamos la llegada de un halo de luz que alumbre este oscuro e incierto camino de riesgo y dolor.




miércoles, 4 de marzo de 2020

Pasear por Ávila









Pasear por Ávila es, sin duda alguna, dejar que la historia nos sorprenda a cada paso. No hay un solo resquicio que no abunde en la memoria del tiempo, para profundo agrado y asombro de quien se siente fascinado por las huellas de tantas épocas impresas en piedra.

Loros o Cotorras



Hay notoria diferencia entre un loro y una cotorra, aunque a veces la duda invada. Lo mejor para salir de dudas es meterse en Google e informarse. Pero no siempre es fácil guardar la calma con los sonidos que emiten por una parte y por la otra, sobre todo cuando se trata de pajarracos de dos patas, por decirlo de alguna manera, que machacan a quien tienen cerca con sus (con perdón) paridas, que no suelen ser pocas. Se las ve llegar, por mucha distancia que haya entre medias, ya que su revoloteo saca de quicio incluso con un buen trecho. En distancias cortas, y sufridas, lo mejor es salir por patas, ya que, si caes en sus redes, estás perdido.
Algo parecido sucedió en un lugar de La Mancha, cuando las inquietantes figuras de la imagen (que de frente intimidaban hasta el pánico) se acercaron con claras intenciones de soltar terroríficos sermones mojigatos, de esos que activan la hernia de hiato y tuercen por completo un día de bienestar. A una de ellas, por cierto, le hedía su pozo peor que una cloaca, y hasta cinco mosquitos pude contar, mientras salían de aquella especie de boca del infierno.
Con esto del Coronavirus (del que se habla sin descanso en todas las cadenas televisivas) se prefiere la precaución, no sea que un pollo de loro (o de cotorra) aterrice demasiado cerca, con el peligro que entraña semejante bombardeo. Pero ante todo está el sentido común, que le habla a uno y le avisa: “ Cuidado con el lorito, que sus pollos te dejan frito” Y eso sí que no.

lunes, 2 de marzo de 2020

Asombroso Madrid Vacío



No es frecuente encontrar Madrid sin nadie. Diría que se trata de un hechizo lanzado por alguien que sabe de magia, pero de la buena. Resulta reconfortante pasear por una ciudad que, por regla general, regala la asfixia a quien la “patea”, pues no es habitual dar cuatro pasos seguidos sin chocarse con quien venga de frente. Claro está, no toda esta metrópoli es un hervidero, pues todavía existen zonas de relativa calma, pero aquellos sitios destinados al desgaste de la suela y la mirada perdida, embetunan los nervios de un malestar oscuro como el chapapote, denso e incómodo.
La imagen de Madrid sin gente aporta un placer desconocido, que en muy contadas ocasiones se puede percibir en la capital de España. La ausencia de bocinas, griteríos y ambiente cargado en general, deleita a quien tiene la fortuna de encontrar así esta enorme ciudad.

Venecia, vacía.



Sin restarle un ápice de importancia al famoso Coronavirus, porque tenerla, la tiene, no se puede negar el bombardeo constante que los Medios de Comunicación (a veces, de “Desinformación) ofrecen a la audiencia, sin dar tregua. Rara es la vez que, al encender un televisor, o pulsar el interruptor de la radio, no encontramos la misma noticia que últimamente, sin dar lugar al descanso, se pasea por todas partes. No cabe duda que esta situación pone en jaque a la economía. Que se lo digan al sector turístico, que sufre la desbandada de visitantes, incluso en zonas donde el periplo de excursionistas es más abundante. Un claro ejemplo es Venecia, donde ahora mismo, las góndolas esperan vacías, atadas a los muelles, presenciando los desérticos canales que, habitualmente, rebosan toda clase de viajantes. Una lástima. Una visión inaudita. Una situación insólita que, esperemos, no dure demasiado. Mientras tanto, ojalá que la buena salud combata y gane la batalla contra el virus que, por desgracia, se ha instalado en el planeta.

Burgos











Burgos es uno de esos lugares únicos por donde pasear, eso sí, con calma. De toda la vida se sabe que las prisas no son buenas compañeras, y, por tanto, sería un auténtico crimen perderse ciertos detalles (que son muchos) de una ciudad que atrapa con su magia.

Pensar en la historia escrita en cada grieta y rincón de la ciudad, hace que nos sintamos parte de asombrosas épocas, admirando el resultado de acontecimientos increíbles.


Burgos seduce, fascina y embruja. 

Y allá donde los pies te lleven, caerás irremediablemente ante su imponente semblante, forjado a fuego en edades antiguas que continúan exhibiendo su esplendor.  

Coco